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Un fuerte, una loma

Un fuerte, una loma

El Fuerte de La Loma, de Puerto Padre, en la provincia cubana de Las Tunas, se levanta en el punto más alto de la ciudad, a 34 metros sobre la superficie del mar, y se hizo en dos etapas: la primera en 1869, con el fin de defender la ciudad por mar y contaba con una batería y dos baluartes, y la segunda en 1875, con el objetivo de defender la ciudad por tierra, por lo que se le agregan dos torreones y un tambor.

Para su edificación se utilizó la técnica del mampuesto, con piedras calizas del lugar, argamasa a partir de una mezcla pútrida de cocoa o cocó, cal viva y elementos aglutinantes como sávila y maguey. Para la cimentación se excavó hasta tierra firme donde se depositaron grandes piedras y a partir de ellas se levantaron los muros de 075 metros de espesor.

En el lateral derecho de la entrada se exhibe la réplica de un plano realizado en 1876 para la toma de Puerto Padre por el Ejército Mambí, más adelante un colgadizo de tejas criollas y madera dura, amueblado a la usanza de la época; en sus torreones se exponen objetos sacados de excavaciones realizadas en años anteriores, armas y documentos de la época.

Dañado durante las guerras de independencia en 1956 el Club Todo por Puerto Padre realizó los primeros esfuerzos por su restauración. En 1987 comienza su restauración pero se detiene  hasta 1996 que se reinician los trabajos por parte del Centro Provincial de Patrimonio de Las y se reinaugura en diciembre de 1999. 

Por su relevancia histórica y arquitectónica como exponente de las construcciones militares edificadas a fines del siglo XIX en el Caribe, en 1981 el Fuerte de la Loma de Puerto Padre se declara Monumento Nacional.

 

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Hacia el reino del silencio

Hacia el reino del silencio

En la Feria del Libro de la provincia de Las Tunas, en el oriente de Cuba, se presentó mi libro Hacia el reino del silencio sobre mi recorrido por África, y me limito a publicar las palabras de presentación del colega Raúl Estrada Zamora, en la Casa de la Unión de Periodistas de Cuba.

Amigos:

Como la Unión de Periodistas de Cuba en la provincia de Las Tunas había anunciado, hoy realizaremos un viaje "Hacia el reino del silencio". Por suerte, no necesitaremos visas, ni pasaportes, ni engorrosos trámites aduaneros; ni recorrer enlodados o polvorientos caminos, cualquier día, y a deshora, soportando muy bajas temperaturas o ahogándonos de calor.

No correremos tampoco el riesgo de rompernos la vida desde un precipicio; ni nos acechan el VIH sida, la malaria, el veneno de las víboras o el ataque de otras fieras. Ni siquiera tendremos que alejarnos de nuestras familias y llorar a solas por el hijo que nos aguarda a miles de kilómetros de ausencia, o la madre que se muere cuando estamos tan lejos.

Todo esto, y más, ya lo hicieron por nosotros el realizador de sonido José Luis Blanco, los periodistas Armando Santana Martínez y Miguel Díaz Nápoles, y el fotorreportero Ahmed Velázquez, fallecido en plena juventud y en el momento cumbre de su hacer profesional, y para quien solicito un breve silencio, a modo de homenaje.

Muchas gracias. Sigamos viaje "Hacia el reino del silencio", un conjunto de relatos dolorosos, tiernos, duros, dramáticos, luctuosos, simpáticos o terriblemente conmovedores, todos muy humanos, e hilvanados con un concepto tan alto de la armonía, que provocan en el lector la sensación de encontrarse frente a una inmensa composición fotográfica, en la cual luces y sombras, lo panorámico y los detalles, garantizan un sorprendente equilibrio.

El centro de interés de la obra es la colaboración médica cubana en tierras de África, pero, inevitablemente, quedan a foco las tragedias en que el colonialismo y el capitalismos salvajes han sumido a las naciones subsaharianas, y en especial a sus niños, amenazados, aun antes de nacer, con partir, rápida e inexorablemente "Hacia el reino del silencio", víctimas del hambre, los conflictos armados y diversas enfermedades curables.

Se trata de un libro escrito por Miguel Díaz Nápoles e ilustrado con fotografías tomadas por Ahmed Velázquez durante una breve misión periodística que cumplieron en 2001, junto a José Luis Blanco, Armando Santana y los 154 médicos y paramédicos cubanos ubicados hasta en los más inhóspitos parajes de Ghana. El texto fue editado por la Editorial Pablo de la Torriente, de la Unión de Periodistas de Cuba.

Redactada con lenguaje ágil y ameno, la obra nos lleva de un velorio tradicional a una fiesta, de un día tan triste, como en el que se recibió la noticia de la muerte de la madre de Santana, a un reencuentro con la patria en la distancia, que hace decir a Miguel: "Es bueno estar tan lejos del país y convertir en un pedazo de Cuba cada lugar". 

Abre el lector el libro en una página que desborda alegría por una exitosa intervención quirúrgica, o porque alguien recibió una gratificante noticia desde la añorada Isla, y unos párrafos más adelante todo se vuelve luto, a causa de la muerte de una joven de apenas 20 años, enferma de SIDA y pidiendo ser salvada, o el autor nos reitera que "El niño es el verdadero dolor de África".

O sale uno de la coronación de un rey departamental, relatada con todo lujo de detalles sobre centenarias, desconocidas tradiciones, y a los pocos minutos ya está sumido en la increíble aventura de un niño llamado Louis:

"Louis, pequeño de cinco años, lleva casi dos meses ingresado en el hospital de Ho. No es porque esté enfermo, pues su dolencia ya ha pasado, sino porque sus padres no tienen dinero para pagar los gastos de su atención en el centro asistencial. No podrá salir de ahí hasta que sus progenitores lleguen con el dinero, aunque durante todo este tiempo no han podido reunirlo; por el contrario, la deuda sigue creciendo."

Si cito esos ejemplos, es solo para resaltar el valor humano de esta obra, escrita además con un absoluto dominio de diversas herramientas del lenguaje, como el manejo de los tiempos y los modos verbales, y las personas gramaticales, en busca de darle ritmo, color y movimiento a cada relato.

Estoy convencido de que la publicación de "Hacia el reino del silencio" pone en su justo lugar la heroica labor del personal de salud cubano en decenas de países del mundo, y la abnegación y capacidad de nuestros periodistas para profundizar con profesional altura en las más complejas historias humanas.

Si alguien me preguntara respecto al texto en sí mismo, para ubicarlo dentro de un género determinado: "¿se trata del llamado nuevo periodismo?, ¿es periodismo literario?, ¿es literatura?"; me limitaría a decir: "Es periodismo del bueno".

Y le daría las gracias a Miguel, no solo por este excelente libro, su primer obra escrita, sino además por constituir un ejemplo de superación profesional, desde que ingresó como humilde fotograbador al Periódico 26 y se hizo, fotorreportero, linotipista, chofer y redactor, para luego transitar hacia el radioperiodismo, el periodismo digital, la docencia universitaria, la maestría en Ciencias de la Comunicación, para solo mencionar algunos datos de su abultado currículo.

Debe de ser la conjunción de tan diversos saberes lo que ha permitido que "Hacia el reino del silencio" nos provoque la sensación de estar frente a una magnífica fotografía.

Muchas gracias, Miguel.

Muchas gracias por su presencia, compañeros.

Rosa Miriam Elizalde, del dicho al hecho

Rosa Miriam Elizalde, del dicho al hecho

Rosa Miriam Elizalde acaba de ganar el Premio anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez, y como mi pequeño y humilde homenaje a esta gran profesional de la prensa cubana, transcribo lo que anteriormente escribí en mi antigua página personal, cuando al leer uno de sus reportajes comenzó a crecer nuevamente mi admiración por esta periodista, que un día desplacé de mi lista de autores predilectos, no sé exactamente por cuáles razones.

De Rosa Miriam supe por primera vez por José Antonio Martín Pulido, actual vicepresidente primero de la Unión de Periodistas de Cuba, cuando a finales de la década del 80 del pasado siglo, creo que exactamente en 1989, vino a hacer su servicio social como corresponsal del periódico Granma en la oriental provincia de Las Tunas, donde vivo. Rosa era su novia, y graduados del mismo año, habían sido ubicados en el oriente cubano, en el caso de ella como corresponsal del periódico Juventud Rebelde, en la vecina provincia de Holguín.

Yo, que era un bisoño del periodismo en el entonces periódico provincial 26, siempre andaba a la caza de quienes escribían bien, por esas ansias de las buenas plumas, lo que siempre pasa cuando uno comienza en una profesión y busca patrones y otras formas de hacer, y confieso que tanto Martín, como Rosa Miriam, eran plumas que marcaban una etapa diferente en el periodismo cubano, como integrantes de la nueva generación que salía de las universidades de La Habana y de Oriente, donde único se estudiaba la profesión por aquellos tiempos.

Recuerdo los interesantes temas abordados por Rosa Miriam en el periódico de la juventud cubana. Después le perdí el rastro, hasta los inicios del Periodismo digital en Cuba, a finales de los 90 y principio del nuevo milenio, cuando ella ya andaba en este fascinante mundo y yo daba mis primeros pasos con Tiempo21,  que iniciaba su presencia en la Red.

Después, un día, creo que de 2003, en un Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana, impartió un módulo sobre el mundo digital, y un año después, fue una de las profesoras principales del curso de postgrado Cómo multiplicar la verdad de Cuba en Internet, en la Escuela Superior del Partido Ñico López, también de la capital, donde nació la blogosfera cubana y yo me hice bloguero, y a partir de ahí me ha dado clases muchas veces, siempre en materia de Periodismo digital.

Mas, confieso que de aquella Rosa Miriam que yo conocí por sus escritos de recién graduada, no me quedaba nada más que la imagen lejana, y últimamente la veía más como una teórica del nuevo escenario del periodismo mundial, hasta hoy, que nuevamente me ha impactado con su prosa elegante y sencilla, al extremo, de que nuevamente vuelve a engrosar mi lista de autores predilectos, (desde mi modesta opinión, claro), pero sobre todo, desde su altura como profesional de este oficio, que como dice el Gabo es el mejor del mundo, y por aquello de que en ella si no va ese adagio de que "del dicho al hecho hay un gran trecho", porque es de las que saben decir y hacer.

 

La desaparición de las lenguas

Cuenta el escritor argentino Eduardo Berti que un hombre está gravemente enfermo y pide que le traigan a la cama un diccionario. Lo recorre con la ayuda de un nieto que lo sostiene y lee en voz alta cada palabra de infrecuente empleo. Como se siente morir, no desea dejar el mundo sin haber pronunciado previamente todas las palabras disponibles en su lengua natal.

El relato tiene una enseñanza notable, porque la mitad de las siete mil lenguas que se hablan en el planeta Tierra desaparecerán en este siglo.

Hoy cada dos semanas desaparece un idioma tras morir las últimas personas que lo hablan. Cada dos semanas se extingue un mundo. Si no respiras, no hay aire. Si no caminas, no hay tierra, si no hablas, no hay mundo, alertan los indios navajos, según un artículo publicado en Internet por el medio digital Gara, de España.

De las llamadas lenguas de arriba o dominantes, solo Europa no tiene idiomas en peligro de extinción. De las lenguas de abajo, sólo Bolivia, con sus 37 lenguas y ocho familias lingüísticas, posee el doble de diversidad que toda Europa. De las 154 diferentes lenguas indígenas existentes en Brasil, 36 están amenazadas de extinción inmediata.

No sobran las palabras. El mundo es grande para ellas y es preciso defenderlas.

 

 

El fantasma del Caballo Blanco

El fantasma del Caballo Blanco

Mi abuelo asegura que lo vio.

Fue en una noche clara, por la década del 40 del pasado siglo, cuando se disponía a acostarse y sintió el trote suave, por la polvorienta calle del entonces pequeño pueblo de Las Tunas.

Se asomó a la ventana, y la entreabrió solo un poco, y lo vio pasar lentamente: era el Indio sin cabeza, montado sobre un brioso y bello corcel blanco. Cerró la ventana nervioso. Habrá desgracia, se dijo, y cuando fue a buscar a su mujer, ya el Indio había desaparecido.

Y hubo una desgracia.

Al amanecer de aquel fatídico 12 de julio de 1945, el tren central procedente de La Habana y con destino a Santiago de Cuba, tuvo un problema mecánico en su sistema de frenos y se descarriló a la altura del actual aserrío Libertad, en aquel entonces propiedad de los Lima, una de las más acaudaladas familias del pequeño pueblo de Las Tunas y la desgracia abrazó al pueblo, que se vistió de luto por más de 30 muertos y varios heridos.

Mi abuelo, que fue al lugar del suceso lo dijo bien claro: "Por aquí pasó anoche el Caballo Blanco", y otros muchos reafirmaron el aserto con la confirmación de que también lo habían sentido.

Así la leyenda había pasado de generación a generación y su origen se remontaba a la época de la colonia de España, cuando la hija de un rico español se enamoró de un indio, y el padre mandó a matar al nativo porque nunca aceptaría aquella relación.

Cuentan que cuando los hombres del español esperaron al indio más allá de los alrededores de la casa y lo decapitaron, el padre de la muchacha fue a comprobar el hecho, y solo encontraron sangre en el lugar y otros restos del crimen. Desde entonces, en la imaginación popular el Indio sin cabeza cabalgaba en las noches de luna sobre el bello corcel, siempre anunciando una desgracia, y la leyenda se convirtió en patrimonio de la ciudad, como un elemento más bien folclórico.

Claro que sin en realidad mi abuelo hubiese visto al Indio no podría haber contado el cuento, porque la propia leyenda aseguraba que quien lo viera perecía de inmediato. Solo así las personas aseguraban que lo sentían cuando pasaban algunos de los muchos jinetes por las calles del entonces pueblo de campo, mucho más cuando sucedía una desgracia como la de 1945.

Aun hoy, cuando las nuevas generaciones conocen muy poco la leyenda del Indio sin cabeza, esta constituye un elemento de identidad de la cultura de este pueblo, y como leyenda al fin, todavía puede existir en la mente de personas como mi abuelo que a pesar de haberlo visto o sentido, siguen haciendo el cuento.

Milena Recio, la palabra conjugada

Milena Recio, la palabra conjugada

Andando por la Red en busca un trabajo que escribí sobre Periodismo digital, tuve la dicha de encontrarme con el blog Enlaces, de la profesora Milena Recio, en el que aparece una entrevista que le hice como experta cuando preparaba mi tesis de Maestría sobre Los paradigmas de la comunicación para Internet en la prensa digital cubana.

Fue una sorpresa muy agradable, sobre todo por tres razones: por encontrarme en la Red con una de mis profesoras preferidas, porque el texto íntegro de preguntas y respuestas me llevó nuevamente a aquel tema apasionado de mi investigación que me daba y me quitaba el sueño, y porque encontré un pretexto para escribir sobre esta joven apasionada, que enseña todo lo que sabe (y sabe mucho) sobre el Periodismo digital, en clases que uno siempre recuerda.

De Milena supe por primera vez en mis estudios sobre el Periodismo digital, aunque no sé precisar el año. Sabía que era profesora de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana, y cada vez que se hablaba de tan apasionante mundo, salía a relucir su nombre, como una de las estudiosas jóvenes más prometedoras en este nuevo medio.

La primera vez que la vi personalmente fue en un Festival de la Prensa Escrita, en La Habana, creo que en 2007. Ella era parte de los especialistas que guiaban los debates sobre Periodismo y pude admirarla de cerca y conocer a aquella joven fascinante por sus conocimientos y por su forma de hablar de un tema que te atrapa.

Mas, el clímax llegó en 2008, cuando tuve la posibilidad -única para mí- de ser su alumno en un Diplomado del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, espacio que me permitió intercambiar con ella, pero sobre todo de nutrirme de todo su caudal de conocimientos sobre un medio nuevo, e incierto aún para muchos profesionales de la prensa.

Por aquel entonces yo cursaba ya la Maestría en Ciencias de la Comunicación, mención Periodismo, y por supuesto que mi tema de investigación era sobre el mundo del Periodismo digital, pero tenía tanta inseguridad en lo que iba a investigar que el tema lo había cambiado dos veces, y fue precisamente Milena la que me hizo encontrar el verdadero camino cuando me impartió la conferencia Periodismo digital ¿un nuevo periodismo? Encargo social, modos de hacer, los profesionales y los públicos. Géneros periodísticos en Internet y Servicios informativos de valor agregado, con el cual me llevó al análisis de los paradigmas en la prensa digital cubana. Al final de aquel curso, tuve la posibilidad de obtener el libro de Milena titulado Periodismo digital: el límite de lo posible, su tesis de Maestría, que me entregó con esta dedicatoria: "Miguel, esa mente brillante... Qué decirte. Ojalá lo disfrutes. Nos vemos en Las Tunas" (marzo de 2008). ¡Y sí que lo he disfrutado!

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Luis Sexto: monarca de las letras

Luis Sexto: monarca de las letras

A Luis Sexto lo conozco desde que comencé en el periodismo, allá por los años 80 del pasado siglo. En aquel entonces, aunque nunca lo había visto personalmente, me llamaba la atención la brillantez de su escritura, y la forma en que llevaba al lector hasta donde él quería, pero había algo que me disgustaba en sus textos, a lo cual nunca le encontré explicación.

La explicación quizás estaba en que en mis comienzos lo encontraba demasiado brillante al compararlo conmigo, o en que mostraba cierto aire de vanidad cuando escribía, o en que creía que se las sabía todas en la profesión, o...

Sabía por quienes lo conocían de cerca y por los más viejos colegas, que era uno de los periodistas más querido y odiado al mismo tiempo, lo que le daba cierto aire de misticismo, porque como dice mi amigo Machado Conte, lo importante es que de uno hablen, mal o bien, pero que hablen, porque la indiferencia es decepcionante.

Así pasó el tiempo, y un día cualquiera de 2003, cuando cursaba un Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, Sexto era el profesor de Periodismo literario, y como yo andaba con mis prejuicios infundados y de causas desconocidas, pues no miraba bien a aquel hombrecito de tamaño, que hablaba demasiado bien del tema, y en una fría mañana, aproveché un análisis suyo sobre un reportaje de una colega dominicana en el que se evaluaba la narración para mostrarle mi desacuerdo con su análisis, un poco porque en verdad no compartía su criterio y un poco para encarar su probado talento dentro del gremio.

Sé, (por lo menos es lo que percibí) que a él no le cayó muy bien aquella discusión profesional, y a partir de ahí nuestro trato era distanciado -en mi apreciación, claro- durante toda la semana que duró su curso. Mas a mí lo que más me importaba era haber rebatido la opinión a uno de los grandes del periodismo, lo cual después consideré como una chiquillada llena de superficialidad.

Después, otro día cualquiera de 2007, Sexto vino a Las Tunas, la ciudad donde vivo, (unos 690 kilómetros al este de La Habana) a presentar un texto que acababa de escribir, y lo entrevisté  para un programa radial que hago los domingos, y cuyo título es Atrapando Espacios, y cuando terminé, pasé de forma irremediable al bando de los que lo quieren, porque me di cuenta en poco más de 30 minutos de conversación, de que en verdad estaba en presencia de uno de los grandes de las letras cubanas.

Por eso hoy, cuando leo las brillantes crónicas de Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de toda la vida, pues me siento reconfortado, feliz y satisfecho por contarme entre los amigos de este maestro del gremio periodístico en Cuba.

Un libro, un árbol, un hijo

Un libro, un árbol, un hijo

Dicen que fue el Héroe Nacional de Cuba José Martí quien lo dijo: para ser hombre, hay que sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, aunque hace unos días un colega me aseguró que el más universal de los cubanos nunca dijo eso.

Lo cierto es que desde que tengo uso de razón siempre he escuchado esa supuesta sentencia martiana en boca de muchas personas, y aun cuando no lo haya dicho en su extensa y abarcadora obra, lo tomo como mío, por el simple hecho de que siempre me he vanagloriado de que soy un hombre por esas tres razones, y ahora crece mi estatura porque el libro que terminé de escribir en 2002, unos meses después de mi regreso de África está publicado por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, de la Unión de Periodistas de Cuba.

Ha sido una emoción inmensa el que ese texto salido de mí viera la luz y llegara a mis manos. Y aun cuando no ha sido presentado ni comercializado, sé que existe, que el recorrido por el África subsahariana de cuatro periodistas cubanos (de tantos y tantos) está en tinta y papel para la posteridad, y más que eso, que las bellas historias de vida de los médicos cubanos que en 2000-2001 entregaron lo mejor de su existencia por la causa de los más pobres de Ghana, una de las naciones más empobrecidas del olvidado continente, están ahí, para que sean conocidas y aquilatadas por los lectores.

De un tirón he vuelto a leer sus 110 páginas y he vivido con intensidad aquellos meses en que recorrimos un país en el que Cuba cabe tres veces, siempre en transporte público, en las más intrincadas zonas de la selva africana, en busca del galeno que protagonizaba historias excepcionales por la grandeza de su gesto.

Y me he visto nuevamente junto a Armando Santana, periodista de Ciego de Ávila, José Luis Blanco, sonidista de Guantánamo y el más entrañable de todos: mi desaparecido amigo y fotorreportero Ahmed Velázquez, a quien la muerte le jugó una mala pasada en 2004 y nos lo arrebató cuando solo tenía 39 años y su labor profesional andaba por las nubes en Granma Internacional y Granma Nacional.

Otra vez he vivido la intensidad de aquel recorrido iniciado en la noche del 29 de junio del 2001, cuando salimos hacia Europa y después de tres días de escala en París y Londres, viajamos a Ghana, con el objetivo de darle cobertura informativa para la prensa plana, radial y digital a la labor de los 154 integrantes del Programa Integral de Salud que trabajan en ese país del África subsahariana.

En mi nota necesaria escribí algo que sin ninguna experiencia en este tipo de labor, ni haber salido antes de Cuba, marchamos hacia ese continente como quien parte hacia una aventura a la que ya se está acostumbrado, con el único conocimiento sobre África que el leído en los libros o conocido por las noticias, pero sin una conciencia real de lo que en verdad son esas tierras rojas que cautivan y agreden, que marcan para siempre a quienes las visitan, lo cual llegamos a saber sobre la marcha, cuando vivimos la terrible pobreza y vimos morir a niños por enfermedades curables.

En Ghana estuvimos con los médicos por donde nadie pasa o llega, en lo más intrincado de la selva, en constante lucha contra la hostilidad del medio ambiente, en un peligroso enfrentamiento contra la tuberculosis y el SIDA, enfermedades empeñadas en hacer desaparecer a la población de este continente.

Estoy seguro de que en otras partes del mundo también los profesionales cubanos hacen grandes hazañas; pero África es diferente, porque incluso la pobreza, el medio y la idiosincrasia son diferentes, lo que hace mayor la proeza de hombres y mujeres de todas las edades que, como los 154 que hoy laboran en Ghana, están regados por este continente, silencioso o silenciado, llenando de amor cada hospital y comunidad, rompiendo con su simiente el silencio de la tierra roja.

Estoy como un muchacho con un juguete nuevo, pero más allá, me siento contento como profesional y como persona, porque el hijo engendrado acaba de nacer. Y eso me enaltece.

El 2011 y la velocidad del tiempo

El 2011 y la velocidad del tiempo

Ya estamos en el año 11 del nuevo milenio, y la vida corre a una velocidad extraordinaria. Y hoy, cuando comienza la nueva etapa, surgen los sueños y las esperanzas de las personas, donde quiera que vivan, y piden y aspiran a cumplir nuevas metas personales y profesionales.

Por supuesto, que siempre al terminar un año, la gente repasa lo vivido en los 12 meses anteriores, y aunque sea mentalmente miran hacia atrás, hacia lo bueno y hacia lo malo. En mi caso, casi todo lo que me pasó en 2010 fue bueno, con excepción de la pérdida de mi amigo Alexis Pérez Sánchez, El Gordo, y alguna que otra escaramuza, pero lo bueno se impuso porque en lo personal mis hijos siguen bien encaminados: Maikel, el mayor en su trabajo como docente y José Alberto, el pequeño, en sus estudios de Medicina; María, mi esposa, en su labor dentro de la Psicología y mis padres y hermanos también gozan de salud, que es lo más importante.

En mi labor profesional fue un año magnífico. Fue una etapa llena de superación en el periodismo digital, y mis labores como realizador de radio y vídeo, aunque en lo radial tengo insatisfacciones, o más bien deudas, porque no he podido enrumbar los documentales que quiero y necesito, un asignatura pendiente para este año. Y en la realización en imágenes en movimiento acabo de dirigir un video clip al trovador insigne de mi provincia: Norge Batista, y aunque todavía estamos en proceso de edición y montaje, la obra va quedando como Dios manda, como decimos por acá, y ha superado mis propias expectativas.

También vio la luz mi libro Hacia el reino del silencio, de mi recorrido por el África subsahariana, que me hizo vivir nuevamente aquella aventura por el gran continente del sur.

Como docente he tenido un año bueno porque me he mantenido con el mismo grupo del curso regular de Comunicación Social en la Universidad de Las Tunas, mi provincia, al que le impartí Comunicación Visual durante todo el segundo año, y ahora le imparto Comunicación Audiovisual en el primer semestre del tercer año, y le impartiré Comunicación y Multimedia a partir de febrero, y estoy contento porque es un grupo de talentosos estudiantes (18 hembras y un solo varón), que no se limitan solo a recibir el contenido, sino que son activos en las discusiones en clases, y eso me reconforta.

Al mirar hacia delante son muchas las metas y los sueños. Trabajar mucho es mi meta suprema y sueño con el mejoramiento de mi país, con el perfeccionamiento de mi sociedad, que es decir la vida de esta Cuba sin la que no sé vivir, porque necesito sentirla mía, que me absorba en todo y para todo. Y también espero que este año pueda ver a amigos y familiares que hoy viven en otros lugares y a quienes hace tiempo solo tengo por la magia de la comunicación. Un buen abrazo y horas de conversación sé que nos vendría bien, y será en este 2011.

Las Tunas pierde a uno de sus mejores hijos

Las Tunas pierde a uno de sus mejores hijos

El arte está de luto. Ha muerto Armando Hechavarría, uno de los más grandes escultores de mi tierra, y con su fallecimiento la ciudad de Las Tunas pierde a uno de sus mejores hijos. Con 63 años de edad Armando le dijo adiós a la vida, y termina así su fecunda existencia, parte de la cual fue decisiva para iniciar y consolidar el movimiento escultórico de la ciudad de Las Tunas, denominada Capital de la escultura cubana. Las Tunas llora hoy a uno de sus más ilustres hijos y el Comité provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) pierde a uno de sus vicepresidentes, y el arte en general a uno de sus mejores creadores. Por suerte, Armando perdurará en la historia de mi provincia, porque sus esculturas son imperecederas, el movimiento escultórico que él comenzó es cada vez más fuerte, y sus amigos, compañeros y las nuevas generaciones seguirán viendo en él al guía que siempre fue, como una forma continua de rendirle homenaje a su memoria. En lo personal, se marcha un amigo, un hombre con una sabiduría natural, no solo en el arte, sino en la vida, y todos los que lo conocimos haremos posible la inmortalidad de su vida y de su obra.

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En el cielo de este mundo

En el cielo de este mundo "En Haití todos los días de la semana parecen iguales. Este domingo abrí los ojos, y por esas raras sensaciones que nos acompañan al despertar pensé que estaba en mi Cuba. En solo cuestión de segundos planifiqué el día: leeré un rato, veré un poco de televisión, desayunaré tarde... De repente, escuché un ruido, y una tras otra volvieron las imágenes horrendas. Sigo en Haití, me dije, mis pies siguen pisando el infierno de este mundo..."
Así comenzó Leticia Martínez Hernández su paso hacia el cielo del periodismo cubano, cuando el 18 de enero de 2010, escribía su primera crónica para el diario cubano Granma, su diario, sobre el desastre dejado por el terremoto que el 10 de ese mes había devastado a Haití, y que bautizó como una sección bajo el título de El infierno de este mundo.
Ahora confieso que cuando encontré esa crónica inicial, a primera vista el titulo de la sección me resultó chocante, por lo que encierra esa palabra y porque en mi primera percepción sumía más a Haití en el desastre humano que ha vivido su pueblo durante muchos años, y porque el pueblo haitiano tiene valores que nada tienen que ver con el infierno, pero a medida que iba leyendo yo también iba entrando en en las tinieblas dejadas por el desastre y narrado magistralmente por Leticia y cuando terminé aquella primera lectura no tenía duda de que yo había visitado El infierno de este mundo.
También, por esa primera impresión que marca a los humanos, pensé que estaba en presencia de una periodista hecha por el oficio, con varios años de experiencia, no solo por la belleza de su prosa, sino por la madurez que mostraba ante la vivencia de un hecho terrible para
Esta foto la tomé de facebook, y no sé si fue antes o después de Haití, pero lo que sí sé es que muestra la belleza de esta joven llena de ternura y bondad.
cualquiera y cada día esperaba con ansias el diario para vivir junto a su autora los difíciles momentos del pueblo haitiano, porque narraba tan bellamente un hecho terrible, que transportaba al lector hasta los lugares que su equipo periodístico recorría entre muertes y desgracias humanas.
Y así pasaron unos días, disfrutando hasta la saciedad aquellas crónicas, quizás por eso de que los periodistas siempre estamos a la caza de buenos textos, hasta que un día leí una entrevista a Leticia en el diario Juventud Rebelde y cual fue mi asombro al descubrir que la autora de aquella bella prosa solo tenía 25 años, cuando escribía como toda una consagrada de tan difícil profesión, lo cual me agradó inmensamente, porque una vez más comprobaba que los jóvenes periodistas de hoy están mucho mejor formados que los que llevamos varios años en la profesión.
Así pasó el tiempo y supe que Leticia regresaba de su misión, y hace solo unos días la encontré en facebook, esa red social que nos permite acercarnos a personas a veces inasibles y vibré de emoción cuando me aceptó como su amigo y conversamos a través de la red, porque descubrí -nuevamente- que su belleza espiritual -y física por supuesto- no era exclusiva de su prosa periodística, sino de su comunicación interpersonal.
Respondiendo a su primer mensaje le escribí algo así: "...créeme también que gozo de emoción por ser tu amigo. Regalo de la vida. ¡Al fin una buena que vale por mil!, bueno en verdad la segunda buena porque antes fueron tus crónicas desde Haití. Solo de un alma como la tuya pueden salir imágenes tan deliciosas. ¡Qué manera de disfrutarlas!"
Por eso ahora he tenido el atrevimiento de escribir sobre Leticia -sin su permiso- y a través de mi humilde visión ofrecer la dimensión de esta muchacha que con solo 25 años y con un camino largo por andar, se ha acercado de un tirón al cielo de este mundo, por sus excepcionales condiciones humanas y profesionales.
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