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El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

Un día como hoy, hace 30 años, nació mi hijo mayor Maikel, precisamente a la hora en que comienzo a escribir estas líneas.
Recuerdo que era un día frío, en el que María, mi esposa, llevaba varias horas en trabajo de parto, y yo, junto a Paquita, mi suegra, no me separaba de las áreas de espera de los salones de parto del hospital provincial Ernesto Guevara, recién estrenado solo unos seis meses antes de aquel 9 de enero de 1981.

La tensión era enorme, tanto por el tiempo que hacía del ingreso como por la extraña y agradable sensación que uno experimenta cuando va a tener el primer hijo. Yo apenas con 24 años había pasado buena parte del embarazo de María sin una conciencia sólida de que iba a ser padre, y solo unos días antes cuando una vecina me había felicitado por el niño que venía fue que me detuve a pensar: yo, padre.

Y así, esperaba y esperaba, con la convicción de que mi primer hijo iba a ser varón (en aquel tiempo no existía aún el ultrasonido que hoy descubre el sexo a los cinco meses) y en mi familia y en la de María había deseos divididos, pero yo, firmemente, creía que iba a ser macho, aunque con la duda que solo se aclararía cuando la criatura naciera.

Así, cuando a las 6:35 de aquella tarde extremadamente fría mi primogénito dio su primer grito al mundo yo di otro con él: ¡machoooooooooo! y salté de alegría y me abrazaba a Paquita, mi suegra, y lloramos de alegría, hasta que una enfermera me trajo a mi pequeño hijo envuelto en un paño verde, y le di un beso en aquella cabecita, pero él, como si no se diera por enterado, ni abrió los ojos para saludarme.

Después, cuando fue creciendo, siempre andaba conmigo porque no tuvo a su hermano Jose Alberto hasta nueve años más tarde, y queriendo seguir los pasos de su padre no me perdía ni pie ni pisaba, y aquello a mí me enorgullecía inmensamente.

Hoy han pasado 30 años de aquel hecho feliz. Y Maikel es un joven de bien, como siempre lo soñé y por lo que siempre luché, es profesor de Química y me siento orgulloso de él porque a buen hijo no hay quien le gane, al igual que su hermano.

Nada, que aun cuando me siento muy joven no puedo dejar de pensar en el título de esta crónica, que no es más que una frase de una popular canción de Pablo Milanés: "El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, y el amor no lo venero como ayer", aunque yo sigo viendo a mis hijos como el día en que nacieron.

 

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