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Cubamía

De mi ciudad

El poeta tiene un nombre

El poeta tiene un nombre

El poeta Antonio Borrego, que vive en la ciudad de Las Tunas, clasifica como uno de los mejores exponentes de la poesía cubana, por una hoja de vida brillante en los versos, que emanan raudos de la pluma de este exponente de las letras.

Nacido en Las Tunas, su ciudad -mi ciudad, a unos 690 kil+ometros al este de La Habana-, en 1962, Tony, como se le conoce en el mundo de la poesía, es licenciado en Dirección Artística de los Medios Audiovisuales, en el Instituto Superior de Arte de La Habana, y miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

En su obra se destacan los títulos Doy gracias a Dios de ser ateo, Terrenal, Diapositivas, Juegos lunares, Ruanillo, y Ovejas y demonios, su más reciente creación.

Tony posee una voz de un lirismo estremecedor, que rebasa el límite de emoción de sus lectores. Muchos de sus versos desgarran el alma  -su alma-, y presentan a un sujeto lírico lleno de inquietudes, emociones, alegrías y tristezas, que se trasluce en una vida plena y llena del propio lirismo que lleva a su poesía.

En la obra de Antonio Borrego se destacan todas las formas de la poesía; sus décimas cabalgan a la sombra de su tiempo, mientras el soneto y el verso libre anuncian también la grandeza de su pensamiento creador, con una transparencia que va más allá de quien escribe para descarnar al hombre de su tiempo, enamorado eterno de la vida, de su hija, de su esposa, de su canto.

Tony Borrego posee un asombroso dominio de las diferentes estrofas de la poesía, que resulta placentera para quienes la encuentran y la gozan en la eterna espiritualidad del hombre.

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El fantasma de Ahoga-pollos

El fantasma de Ahoga-pollos

Cuentan que en la antigua ciudad de Las Tunas de Bayamo, como se llamó a la histórica ciudad de Cueybá, actual ciudad de Las Tunas, en una noche oscura, cuando el cielo mostraba su negrura en amenaza de intensa lluvia y solo los relámpagos cortaban las tinieblas de la noche, una de las casas mas aisladas notó que a la vuelta de la confluencia del río Hormiguero con el Ahoga-Pollos aparecía y desaparecía lentamente una pequeña luz rojiza, que se alzaba y bajaba en forma tal que una mujer creyó que la tal luz bajaba y subía desde el cielo.

Se santiguó cristianamente y cerró su puerta, y apagó de un soplo la primitiva candileja de hojalata alimentada con aceite de carbón.

Pero la buena mujer no podía conciliar el sueño y desde su lecho seguía viendo aquella luz, a través de las rendijas que abundaban en el techo de su casa.

Para ella era con toda seguridad un espíritu de algún muerto que andaba en pena recorriendo los lugares en que cometiera sus pecados y fechorías.  Cuando llegó el marido a media noche la mujer refirió el raro acontecimiento, y añadió que había visto que la luz salía del campo santo y que se elevaba hasta perderse en el cielo.

A la mañana siguiente, después de una noche de insomnio y de terror, marido y mujer se encargaron de llevar la noticia a todas las casas de los vecinos y alguno hubo que sin haber visto nada aseguró que él también había observado la luz y que sin duda era una cosa mala y que había que alejar.

La luz continuaba apareciendo en las noches oscuras, siempre en el mismo sitio y llevando la misma dirección. La fantasía popular llegó a hacer de la luz algo como una cosa extraordinaria. El terror se había apoderado de los vecinos que al cerrar la noche se encerraban en sus casas, pero alguno que otro de vez en vez se asomaba con discreción y miraba con recelo hacía la dirección en que aparecía la misteriosa luz.

Sin embargo a pesar del miedo que dominaba a todos hubo uno que se atrevió a disparar un escopetazo al misterioso fantasma, que al sentir cerca los disparos se perdió como por arte de magia entre los maniguales cercanos y no volvió en muchas semanas a hacer su aparición.

Pero los comentarios continuaron y entonces se hablaba de cierta doncella que sin miedo a las apariciones solía salir en noches más oscuras y estar ausente de casas hasta horas muy altas de la noche.

La razón se impuso al fin y una pareja de jóvenes decididos se dispuso hacer fin a la terrorífica aparición. Cuando el fantasma apareció al lado del cementerio el mozo emboscado salió machete en mano y le puso en precipitada fuga mientras dejaba caer una vela encendida que llevaba y descubrió a la pareja de amantes que salía sin miedo a los muertos a platicar con las estrellas en el seno seguro y pasible de la manigua criolla.

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