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Historia de un encuentro imprescindible

Historia de un encuentro imprescindible

Foto: Félix Arencibia

Cuatro semanas unieron a Latinoamérica.

Hijos de varios de sus países confraternizaron en una simbiosis que se repite una y otra vez cada año, mediante encuentros que hacen más bellas y creíbles estas tierras cautivantes, en los que se respira el aire que una vez servirá de guía para nuestros pueblos, en el afán de lograr un mundo mejor.

Bolivia emergió de las profundidades del sur para alzarse cual símbolo de una tierra que es historia, por donde pasó una vez un hombre que ayudó a su inmortalidad. Cinco de sus hijos vinieron con sus mochilas cargadas de ideas, con la idiosincrasia del indio y del oriental, con la sabiduría del que solo quiere aprender y aportar su modesta experiencia, de discutir un concepto, una idea, para enriquecerla más. Y lo lograron. Walter, siempre jovial y echándose a todos en los bolsillos, Grover, en constante búsqueda de lo prohibido, Daniel, callado pero preciso, Eduardo, filosófico en sus planteamientos, y Yashira, con su figura de princesa nativa, ganaron no solo por representación numérica, sino por sus aportes.

Nicaragua nos regaló a uno de sus mejores exponentes. Casi un niño en edad y maduro en ideas, Carlitos fue admirado y querido por el grupo, como alguien imprescindible a la hora de buscar un concepto y del diálogo informal sobre los problemas comunes, sobre los avatares de Centroamérica, o sobre las muchachas que constituyen una de sus pasiones, sino la más importante.

Del lejano Paraguay nos llegó Raquel, joven y bella, atractiva y cautivante, no solo por su físico, sino por su palabra. En ella se refleja la modestia de quienes saben amar y luchar, de los que construyen, aun en medio de las más difíciles condiciones; de quienes tienen la certeza de que todo tiempo futuro debe ser mejor y de que Cuba es ahora más que una isla alejada en la distancia, una realidad palpable, quizás cumbre de amores que la harán regresar.

La cintura del mundo se ciñó un poco el cinto hasta alcanzar este pedazo de cielo y mar. Ecuador mostró su inteligencia a través de la impresionante July, incalculable en sus rápidos pensamientos, siempre con su alegría contagiosa y su afilado sentido del humor para hacer más cortos los días. Y Mario, afable y bonachón, amigo y compañero que plasma su huella como alguien que pasa por la vida dejando una estela de buenas impresiones.

Costa Rica también estuvo a su altura. Meditabundo y quizás cauteloso a la hora de emitir sus juicios, Luis arrastra no solo sus rr sino sus buenos pensamientos y opiniones hasta el momento exacto, hasta la hora precisa, para lograr un clima de compañerismo aun cuando parece que está ausente del lugar que ocupa.

Y República Dominicana. ¡Ah, Dominicana! ¡Cómo se parecen sus mulatas a las nuestras! ¡Cómo en cuerpos tan pequeños caben tanta belleza! Riamny fue la atracción de profesores y estudiantes, no solo por su físico, sino por su carisma, por su paciencia para escuchar proposiciones y por su exactitud en el debate y a la hora de opinar sobre periodismo literario o sobre el pensamiento martiano. Angelita, su compatriota, es la calma misma, y su aspecto del más allá despertó la curiosidad de más de uno.

Y no podría faltar Cuba, el país anfitrión, con su delicadeza para con los visitantes, siempre alegre y hospitalaria, con virtudes que superaron con creces sus defectos al decir de nuestros hermanos.

Fueron muchas las individualidades en la representación de la mayor de las Antillas. Mas no puede dejarse de mencionar a José Luis, carismático y compañero, siempre al tanto de cualquier detalle del grupo, o a Ventura, el honorable, jefe de grupo modesto que se ganó el respecto y la admiración de sus condiscípulos; o a Yurian, alegre y  siempre a la caza de un buen momento para alejar la nostalgia de los demás, o a Tania, silenciosa pero notable por su belleza, o al pequeño René, quien parece haber nacido corriendo por su constante intranquilidad...

Cuatro semanas unieron a Latinoamérica.

Y esto gracias al Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana, que ofreció un diplomado más sobre la forma de unir a nuestros pueblos, de lograr que ese pensamiento e idiosincrasia comunes puedan moldearse con sabiduría para demostrar que una América Latina mejor es posible.
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